La mitomanía y la timidez siempre estallan cuando, de pronto, uno se encuentra con una celebridad a la que admira. En mi caso, tanto una como la otra se van diluyendo con el paso de los años (la mitomanía con más celeridad que la timidez, que nunca te abandona del todo).
Nunca he sido de pedir autógrafos. Sin embargo, en mi tierna adolescencia, fui con un amigo al Ciutat de València (por aquel entonces todavía no tenía pase) y, como no teníamos nada más interesante que hacer, decidimos esperar a que los jugadores saliesen del estadio únicamente para verlos y pedirles alguna foto, firma o qué sé yo.
Quien haya hecho esto alguna vez habrá descubierto que los futbolistas se toman todo el tiempo del mundo para ducharse. Se recrean en plan herbal essences. Afortunadamente, gracias a esa espera interminable, pude conocer a un par de personas entrañables que, todavía hoy, sacamos a colación en alguna noche de cervezas.
El primero era un canario. Recuerdo que llevaba una bandera enorme del Levante que desplegaba henchido de orgullo y una camiseta con el dorsal de Sandro (¿os acordáis de Sandro?). Llegó precipitadamente al grupo. Se le veía algo nervioso. Nos preguntó, preocupadísimo, si Sandro había salido ya. Le contestamos que no. Creo que preguntó a un par o tres de grupos más. Me dio la sensación de que conocía a Sandro personalmente.
El segundo era valenciano. Un joven enorme con una voz gravísima y un semblante poco avispado. Y muy, muy siniestro. Recuerdo que intercambiamos algunas palabras con él y que nos dio un poco de miedo.
El canario seguía preguntando por Sandro a todo el que pasaba. Temía que el jugador se le escabullera. Estaba ansioso por hablar con él, realmente parecía que necesitara conversar con el jugador. En el grupo de personas que estábamos allí apostadas se había creado una cierta expectación por ver qué le diría.
El tipo raro y grande hacía unas cosas cada vez más raras, nos preguntaba a mi amigo y a mí –con una sonrisita inexplicable– si mañana teníamos cole y luego se carcajeaba. Nos dijo que quería ver a Saúl (¿os acordáis de Saúl, el canterano?) y nosotros que nos parecía muy bien, jeje. Estábamos acojonados.
Entonces apareció Sandro. Y detrás, Saúl.
Todo el mundo se apresuró en decirle a Sandro que un hombre quería verlo. Sandro, guiado por la masa, alcanzó al canario. El canario le dio la mano a Sandro. Sandro se la estrechó. El canario le dijo adiós. Y Sandro se fue.
El tipo raro se acercó a Saúl. El gesto de Saúl se torcía por momentos mientras se acercaba a ese Goliat tocado del ala. Entonces el tipo raro le cogió del hombro y le dijo:
-¿Eres Saúl?
Saúl respondió:
-Sí.
Goliat repuso:
-Yo también me llamo Saúl.
Y Saúl musitó:
-Ah, muy bien…
El Saúl loco concluyó:
-Adiós.
Y el Saúl futbolista musitó:
-Adiós...
-Adiós.
Y el Saúl futbolista musitó:
-Adiós...
Los jugadores se fueron. La gente se marchó a sus casas y yo ya no he vuelto a saber nada más de estas dos personas que tanto me intrigaron en su día.



